domingo, 24 de abril de 2011
Imágenes de unos días en París
¡He vuelto! Con el viaje de estudios y las vacaciones de Semana Santa anduve un pelín alejada del internet y del blog. Hoy os traigo algunas de las fotografías que tomé durante mi estancia en París:
martes, 29 de marzo de 2011
Doctor Zhivago
Creo que se trata de mi película favorita. ¿Cómo explicar la sensación que produce? ¿Será que está muy bien hecha? ¿O la increíble interpretación de los actores? ¿La mirada de Omar Sharif, tal vez? ¿La fotografía? ¿O la música, esa música que llega al corazón?
La primera escena me parece una de las mejores. La procesión fúnebre atravesando la cruda estepa hasta llegar a un solitario cementerio... A lo lejos se aprecia un coro, que es cada vez más intenso. El chiquillo con las flores blancas para su madre. El cántico se detiene, solo suena el viento y, tras haber sido enterrado el ataúd, comienza a sonar la balalaika, Yuri levanta la vista: los árboles se agitan, las hojas vuelan hacia el cielo gris...
Por alguna razón no puedo poner el vídeo, pero os dejo un link: Doctor Zhivago - escena primera
Hay muchas otras remarcables, pero me impresionó la cuando Lara se va. Él actúa como si fuera a volver a verla, para darle esperanza y para que se decida a partir, pero es patente la verdad: no hay sitio para Yuri y no van a volver por él. Zhivago se queda en la puerta, con sus maletas, comprendiendo que no puede hacer nada, que todo ha acabado. Mientras tanto, empieza a sonar la música una vez más. Desesperado e impotente, ve como el carruaje se aleja, entra en la casa, que está completamente congelada, y sube al piso de arriba, para poder ver el vehículo que se la lleva una vez más, hasta que desaparece...
Link de vídeo: La partida de Lara
Y, para poner punto y final, el tema de Lara, llamado "Somewhere, My Love":
miércoles, 23 de marzo de 2011
El seto de las zarzas
El otro día recordé aquellos libritos tan monos que leía de pequeña y con los que me crié, los de "El Seto de las Zarzas", y me dije que tenía que hablaros de ellos. En total son ocho historias ilustradas, muy entrañables. Los dibujitos son una pasada, crean una atmósfera rural, antigua y amena, en plena naturaleza, como un cuento de hadas protagonizado por ratoncitos adorables (mi favorito era uno llamado Fermín, que siempre se metía en líos y era, como por aquí decimos, un "trastu"). De las historias, las que más me gustan son "La escalera secreta" y "Cuento de Invierno".
La autora e ilustradora es la británica Jill Barklem.
De niña, quería ser como la ratoncita Hortensia (otra de las protagonistas de la historia) y vivir en un mundo como ese. En parte, eso no ha cambiado, siguen gustándome todas estas cosas, todavía hoy busco una atmósfera así. Como pequeña curiosidad, tengo desde los tres o cuatro años un peluche de un ratón al que llamé Fermín, y otro de una ratona a la que llamé Hortesnsia. Nunca me separaba de ellos y todavía andan por mi habitación.
Aquí os dejo algunas imágenes ^^ Espero que os gusten.
De niña, quería ser como la ratoncita Hortensia (otra de las protagonistas de la historia) y vivir en un mundo como ese. En parte, eso no ha cambiado, siguen gustándome todas estas cosas, todavía hoy busco una atmósfera así. Como pequeña curiosidad, tengo desde los tres o cuatro años un peluche de un ratón al que llamé Fermín, y otro de una ratona a la que llamé Hortesnsia. Nunca me separaba de ellos y todavía andan por mi habitación.
Aquí os dejo algunas imágenes ^^ Espero que os gusten.
jueves, 17 de marzo de 2011
Poema: ¿Qué silencio...?
¿Qué silencio en el eco a nieves de los altos
cristales de palacio sobre el jardín de antaño,
sobre el jardín del juego, ahora se inscribe?
Hay un temblor de nave que ha partido
un temblor de palabras que de labios
del beso de la muerte un día surgieron.
Hay un ave que mira como al vidrio
al fondo de la luz sobre el océano.
Despierta, vive y crece de deseo,
amor que eres ya nunca.
Enciende las cenizas de mi alma,
prende en mi memoria hacia la vida.
Alto sobre el lento, mudo, gris castillo
raudo cruza los aires el fénix de los cielos.
¿Qué silencio en las nieves
perpetuas de mi alma tiembla aún?
¿Aquel sobre el que suena en el vacío
terrible de los mundos, aún, la voz del amor?
Silencio, mirada
del jardín de palacio junto al mar.
Callado en la miseria
de un mundo sin respuesta
espero aún.
cristales de palacio sobre el jardín de antaño,
sobre el jardín del juego, ahora se inscribe?
Hay un temblor de nave que ha partido
un temblor de palabras que de labios
del beso de la muerte un día surgieron.
Hay un ave que mira como al vidrio
al fondo de la luz sobre el océano.
Despierta, vive y crece de deseo,
amor que eres ya nunca.
Enciende las cenizas de mi alma,
prende en mi memoria hacia la vida.
Alto sobre el lento, mudo, gris castillo
raudo cruza los aires el fénix de los cielos.
¿Qué silencio en las nieves
perpetuas de mi alma tiembla aún?
¿Aquel sobre el que suena en el vacío
terrible de los mundos, aún, la voz del amor?
Silencio, mirada
del jardín de palacio junto al mar.
Callado en la miseria
de un mundo sin respuesta
espero aún.
- Alfonso Vázquez Alonso
(17-3-78)
martes, 15 de marzo de 2011
Perseguir el horizonte
Un día cualquiera, el joven soñador y el anciano contemplaban juntos el atardecer. El primero se volvió hacia su acompañante:- ¡Fíjese en los hermosos colores del cielo! ¡Qué sentimiento de grandeza despiertan! ¿No le parece algo maravilloso?
Por toda respuesta, el anciano asintió con la cabeza levemente.
- ¿Sabe? - continuó el joven. - En ocasiones siento un fuerte impulso en mí. Quiero ir a donde las montañas se funden con el cielo. Quiero ir allá donde la tierra se desdibuja entre la niebla. Quiero encontrar la plenitud, el misterio, quiero otro mundo. Sé que podré dar con el lugar.
El otro lo miró, y finalmente contestó:
- ¡Ah! ¡Cómo me recuerdan esas palabras a mí mismo! ¡Cuánta pasión hay en tu voz! Es la llama de la juventud. No me mires así, yo también tuve tu edad y elevados ideales. Me dejé guiar por una visión romántica y salí en busca de la belleza, la soledad inspiradora, la grandeza, el misterio. Pasé años, muchos años persiguiendo el horizonte. ¿Quieres saber lo que ocurrió? ¿Qué me reveló el horizonte? Que jamás lo había alcanzado, y que lo había perdido todo en mi alocado peregrinar. Perdí mi vida, a aquellos quienes me amaban, incluso a mí mismo. Un precio demasiado elevado para un ideal juvenil, ¿no te parece?
El viejo caminante se interrumpió. El cielo se había oscurecido ya. No quedaba rastro de su efímera belleza.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Voces en el viento
Una tarde de otoño. Cielo gris. El caminante echó un vistazo al camino que se extendía frente a él: una línea recta bordeada por árboles cuyas hojas se balanceaban, amenzando con dejarlos totalmente desnudos. Esto le pareció un reflejo de su alma, el alma inquieta de aquel que busca respuestas, que busca un sentido último para su existencia monótona y lineal. ¿Cuál era el destino al que le conducía aque sendero? ¿Lo guiaba realmente a alguna parte? ¡Qué tontería! Todos los caminos llevan a algún lugar, ¿no? Si no fuese así, ¿de qué servirían? Suspirando, el caminante se abrochó el abrigo. Aunque no llegaba a los cincuenta años, sus manos, hábiles, parecían gastadas. De pronto, sobrevino un fuerte vendaval. Él se detuvo. Le llamaba la atención como las hojas danzaban en las ramas de los árboles. Una danza peligrosa. Se dio cuenta de que, en realidad, no era eso lo que había llamado su atención, no era nada que pudiera verse, si bien podía sentirse: era el viento en sí. En él bailaba una melodía lejana, semejante a un coro grandioso, que cada vez se acercaba más. Las voces se volvían más y más fuertes, formando un torbellino de cánticos, gritos de horror y júbilo, llantos, murmullos y susurros que se entremezclaban en una sinfonía maravillosa. ¿Era el viento el que dirigía la sinfonía, o era la sinfonía la que dirigía al viento? Sea como fuere, se trataba de un espectáculo impresionante, y su peligrosa belleza puso los pelos de punta al caminante, que gritó:
- ¡Es el arte! ¡El arte, que hace llevadera nuestra existencia! ¡Es el arte, que engrandece nuestro espíritu! ¡El arte, que da significado a nuestra vida!
El coro del viento aulló, como si celebrase sus palabras.
- ¡El mundo es una caja de música! ¡La vida es solo un lienzo! - continuó, con pasión. Rompió a reír y el viento se llevó su risa. Ésta pasó a formar parte de la sinfonía de la tempestad, que era cada vez más intensa, más caótica, más hermosa. Sus brazos etéreos le quitaron el sombrero. Los árboles temblaron cuando sus últimas hojas los abandonaron. Miles de hojas marchitas se elevaron hacia el cielo, en un remolino semejante a un tornado. El hombre, extasiado, cerró los ojos. Podía sentir sobre sus labios el beso del viento. De repente, todo cesó. El caminante recogió su sombrero y, tranquilamente, continuó con su camino bajo una lluvia de hojas secas.
martes, 1 de marzo de 2011
Conversación con Ernest
Cuando entró en la sala de estar, Elisa inhaló una bocanada de humo de tabaco. Confusa, cerró los ojos un momento.
- Hola, Elisa. - murmuró una voz tras ella.
Se dio la vuelta. Allí estaba él, apoyado en el blanco marco de la puerta. La luz que se filtraba por las cortinas parecía acariciar su rostro. Bailaba en sus ojos azules, que eran como hielo ardiente. Entre los finos dedos de su mano derecha se consumía lentamente un cigarrillo. En el otro brazo reposaba, cuidadosamente doblado, su abrigo verde oscuro. El traje que lucía, anticuado y elegante, estaba impecable, tan nuevo que parecía recién salido de la sastrería.
Los labios de ella temblaron al pronunciar su nombre:
-Ernest.
- ¿Puedo pasar? Me gustaría hablar contigo.
La muchacha asintió, aturdida. Él se sentó en un sillón. Dio una calada al cigarrillo. Exhaló el humo y la miró a los ojos.
- No deberías fumar. Es malo para tu salud. - apuntó.
Ernest rió, y su carcajada pareció descomponer momentáneamente la atmósfera de la estancia. Se inclinó sobre la mesa de café y comenzó a apagar el cigarro, mientras decía:
- ¡Qué curioso! ¿No crees? Fumo porque tú lo has decidido. Después de todo, yo nací de tu pluma. Tú me has creado.
Elisa se preguntó cómo habría llegado aquél cenicero allí. Nadie en casa fumaba.
- ¿Por qué estás aquí, Ernest?
- He de confesar que estoy muy dolido.
- ¿Dolido? - preguntó ella enarcando las cejas. No cabía en su asombro.
- Sí, Elisa mía, dolido. Parece que te has olvidado de mí. Ya casi nunca escribes y, cuando lo haces, nunca estoy en esas líneas. Antes, en cambio, yo estaba ahí, en tu mente. Me creaste con dedicación, con ilusión, con cariño, incluso, y luego hiciste un sitio para mí en tus historias. Dime, ¿me has olvidado? Has de saber que estoy muy triste, sufro por ello. ¿Es que ya no soy nada para ti?
Su forma de expresarse y la emoción de su voz estremecieron a Elisa, que permaneció en silencio.
- ¿Por qué no escribes? Te gustaba escribir, podías pasar horas haciéndolo.
- Oh, vamos. Tengo una vida, ¿sabes? Hay muchas más cosas que hacer que las que a una le gustan. Apenas tengo tiempo.
- ¿No te da pena mentirte de ese modo? ¿De verdad quieres hacerme creer que esa es la verdadera razón?
Elisa se agitó en su asiento. Él había dado en el clavo, tenía toda la razón (como siempre). Maldita sea. Era el personaje que había inventado quien le estaba reprochando su propia conducta.
- ¿Qué quieres oír? No, Ernest, no te he olvidado. Tienes razón. El tiempo no es la causa. Pero hace tiempo que he perdido mi inspiración. Me horroriza encontrarme con una hoja en blanco cada vez que comienzo una historia. Simplemente no soy capaz de superar ese vacío. No puedo y me hace sentir fatal. De modo que decidí no escribir más. Dime, ¿qué quieres que haga?
- Elisa, querida, solo te pido que hagas lo que verdaderamente te gusta, lo que te hace sentir realizada. Escribe. Escribe y no te rindas. No dejes que una hoja en blanco pueda contigo. Yo siempre estaré ahí.
Ernest se levantó, se puso el abrigo y se dirigió al ventanal. Se volvió una vez más hacia ella.
- Una cosa más antes de irme. Deja que viva en tus líneas.
Acto seguido, abrió el ventanal y la luz inundó la sala.
Al día siguiente, Elisa despertó con una extraña sensación.
Una hora después, se encontraba frente al ordenador. Ya había escrito más de dos páginas.
jueves, 24 de febrero de 2011
Arco Iris...
Tan hermoso, tan efímero.... Detener el tiempo. ¡Cógelo! ¡Que se quede ahí! Apenas piensas esto, la luz cambia y desaparece. Ah, la luz, la misteriosa luz de las tardes de invierno, húmeda y caprichosa.
Más fotos en: http://www.flickr.com/photos/escotofia/
miércoles, 23 de febrero de 2011
Carpe Diem...
Hace tiempo que me fascina la obra de Baudelaire, su forma de expresar lo sórdido, lo grotesco, de forma bella y atrayente. Aqué os dejo un poema suyo que habla sobre el paso del tiempo, El Reloj.
El reloj
¡Reloj!, dios implcable, siniestro, solapado,
cuyos dedos: "¡Recuerda!" dicen amenazantes;
lo mismo que en un blanco, los dolores vibrantes
han de ir a clavarse en tu pecho aterrado.
Semejante a una silfide detrás de un bastidor,
huirá hacia el horizonte el placer la caricia;
cada instante devora un trozo de delicia
al hombre concedida, mustia un poco la flor.
Tres mil seiscientras veces a la hora, el segundo
nos repite: "¡Recuerda!", con seca voz de insecto.
El ayer dice soy el ahora, y en efecto,
me he chupado tu vida con este labio inmundo.
"¡Remember! ¡Esto memor! ¡Acuérdate!" (Sonoro
hablo todas las lenguas con gorja de metal)
El minuto es la ganga, ¡oh, inconsciente mortal!,
de la que es necesario extraer todo el oro.
"¡Recuerda!" Porque el tiempo es jugador tenaz
que nos gana sin trampa, golpe a golpe, lo sé.
Cae el día, ya viene la noche. "¡Acuérdate!"
Se agota la clepsidra; el abismo es voraz.
Se acerca ya la hora en que el divino azar,
o la augusta virtud, tu esposa aún intocada,
o el arrepentimiento (¡oh postrera posada!)
te dirán: "¡Muere al fin, viejo loco de atar!"
- Charles Baudelaire.
jueves, 10 de febrero de 2011
Escapismo...
Tal vez una de las Rimas que más me gustan, expresa el deseo profundo de escapar, el miedo al dolor, el gusto por la tempestad y la furia de la Naturaleza...
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme por piedad adonde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
Rima LII
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre la sábana de espumas,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrado en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme por piedad adonde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
- Gustavo Adolfo Bécquer.
lunes, 7 de febrero de 2011
Adiós, Gary Moore
Cual fue mi nada grata sorpresa al leer ayer que había fallecido a los 58 años en un hotel de Estepona, en Málaga (aparentemente por causas naturales, pero las causas de la muerte son todavía desconocidas), este gran guitarrista. Una pérdida importante, sin lugar a dudas.
Aquí dejo una de sus canciones que personalmente más me gusta, "The Loner", instrumental y que creo que transmite mucho:
Aquí dejo una de sus canciones que personalmente más me gusta, "The Loner", instrumental y que creo que transmite mucho:
jueves, 3 de febrero de 2011
Poesía: Era allá...
Era allá, bajo los grandes arcos de la muerte,
color de sueño y de dolor, en planicies eternas
con sabor a Egipto y al silencio,
en la tierra perfecta del adiós y de nunca;
país de tras Poniente y tras la luz, hora ajena
en el eje de ya nadie, contemplación sin fin de nada en nada,
cruz de fuego y espejo tras cascadas de sangre
imposeída, allá, todo el allá que el grito
del infante fuera un día; era allá y aún más lejos,
por llanuras nevadas de mitos sin retorno,
con eclipses y frentes sin hora ni presencia,
en un haber ya sido y cuando fuera,
en un ya ser cumplido lo esperado,
en un total vacío; era allá, más allá, muy allá
del país del Origen y del viento funeral de la noche,
un clamar de la estrella al fondo del abismo,
una sima y un sexo crujiendo como escarcha,
más lento y más allá.
más, muy lejos eterna la geometría perfecta,
el descanso absoluto, el haber sido, bien igual a no haber sido,
allá frente a mares que braman de ágilas insomnes,
desde torres auscultan el eco de los vientos,
en tardes sin dulzura ni oración,
en caminos sin rastro de destino,
por huertos ya vacíos desde siglos,
junto a pozos cerrados por el dolor del tiempo. Solo.
Allá, siempre allá, y un recuerdo que cruza,
como un ave perdida, la dudad de haber sido
cuando la rosa fuera.
Paz. Suma paz. Los arcos de la muerte tras la arena.
El juego del dios sol. La recta pura.
Perfecta perspectiva, línea inerte,
un dolor en el alma del que hubiera llegado
allá, bien allá, a donde muchos, tal vez todos
por muchos caminos llegan.
color de sueño y de dolor, en planicies eternas
con sabor a Egipto y al silencio,
en la tierra perfecta del adiós y de nunca;
país de tras Poniente y tras la luz, hora ajena
en el eje de ya nadie, contemplación sin fin de nada en nada,
cruz de fuego y espejo tras cascadas de sangre
imposeída, allá, todo el allá que el grito
del infante fuera un día; era allá y aún más lejos,
por llanuras nevadas de mitos sin retorno,
con eclipses y frentes sin hora ni presencia,
en un haber ya sido y cuando fuera,
en un ya ser cumplido lo esperado,
en un total vacío; era allá, más allá, muy allá
del país del Origen y del viento funeral de la noche,
un clamar de la estrella al fondo del abismo,
una sima y un sexo crujiendo como escarcha,
más lento y más allá.
más, muy lejos eterna la geometría perfecta,
el descanso absoluto, el haber sido, bien igual a no haber sido,
allá frente a mares que braman de ágilas insomnes,
desde torres auscultan el eco de los vientos,
en tardes sin dulzura ni oración,
en caminos sin rastro de destino,
por huertos ya vacíos desde siglos,
junto a pozos cerrados por el dolor del tiempo. Solo.
Allá, siempre allá, y un recuerdo que cruza,
como un ave perdida, la dudad de haber sido
cuando la rosa fuera.
Paz. Suma paz. Los arcos de la muerte tras la arena.
El juego del dios sol. La recta pura.
Perfecta perspectiva, línea inerte,
un dolor en el alma del que hubiera llegado
allá, bien allá, a donde muchos, tal vez todos
por muchos caminos llegan.
Alfonso Vázquez Alonso.
19 - 10 - 1975
martes, 1 de febrero de 2011
Echando abajo mitos
Aquí dejo relatadas una serie de experiencias que cambiaron mi forma de ver las cosas:
Hasta la vista.
- ¿Hay algo peor que tu madre tatareando The Final Countdown por la calle, en alto? ¡Sí!: que, además, la cante por fonética...
- Un conocido mío dijo: "¿Y éstos son los Scorpions? ¡Pero si parece una mujer cantando! Además, hacen una música edulcorada y envuelta en papel de celofán. Yo quiero marchaa!"
- El ronquido de mi padre (un señor RONQUIDO) en la parte más apoteósica y gloriosa de Wind Of Change, por si fuera poco, la versión del Moment Of Glory con la Filarmónica de Berlín.
- Que tu monitor de judo haga un movimiento al calentar que encaje con el estribillo de Tease Me Please Me, que está sonando de fondo. Nunca escucharé esa canción igual.
- Por último, entrar a una tienda de discos de segunda mano, preguntar por Twisted Sister y que te respondan, con gesto pensativo: "Eh... sí. Búscalo por el apellido"
Hasta la vista.
martes, 25 de enero de 2011
jueves, 13 de enero de 2011
Consumismo: ¿Semblante de libertad?
La máscara que forma nuestro semblante de libertad nos oprime tanto que llega a asfixiarnos. La ilusión se rompe y queda al descubierto la evidencia que todos y todas nos afanamos en ocultar: somos esclavos y esclavas del consumismo.
Consumimos todo lo que podemos, agotando los recursos naturales, lo que acabará por destruir no sólo el mercado, sino nuestro planeta. Podéis decir que se trata de un planteamiento exagerado, pero ¿no estamos ya sufriendo las consecuencias de nuestras acciones? ¿A qué vamos a esperar? ¿Sacrificaremos el futuro?
Mirémonos en el espejo: seres grotescos que trabajamos y vivimos para consumir, manteniendo nuestra propia perdición. No nos atrevemos a mirarnos; no queremos. Nos ponemos nuestro antifaz y, como en un cuento poeniano, nos dejamos llevar por la mascarada y, cual avaro príncipe, nos escondemos en habitaciones cada vez más profundas y oscuras, a la espera de lo inevitable. "Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres"
viernes, 17 de diciembre de 2010
Música:"Eerie Eden", de Indica
Indica es un grupo de Finlandia de rock sinfónico, muy melódico. Tras escuchar detenidamente su último disco (el primero cuyas letras están en inglés) me di cuenta de que estas chicas son muy buenas. Hay algunas canciones un tanto "simplillas", pero en general, "A Way Away" (así se llama el álbum) me pareció un gran trabajo. Realmente, haciendo honor a su título, su música parece llevarte lejos. Las canciones que más me gustaron fueron "Children Of Frost" y "Eerie Eden", la banda sonora perfecta para una tarde de invierno. "Children Of Frost" es más oscurilla; "Eerie Eden" no es oscura, es muy sinfónica y hermosa, tiene algo mágico, como si se tratara de un cuento de hadas, que te arrastra y, cuando la canción acaba, quieres más. Muy especial.
Aquí dejo un enlace para que quien quiera escuche "Eerie Eden"
jueves, 9 de diciembre de 2010
Música para dejarse llevar: Born To Touch Your Feelings
Una canción de Scorpions, a mi modo de ver preciosa, del Taken By Force. Tiene algo especial.
Born to touch your feelings
I was born from the sound oft he strings
For someone to give everything
To be a song just for your feeling
Close your eyes and I'll try to get in
To waken your heart like the spring
'cos I was born to touch your feelings
Steal the time, take a song and be glad
Be free as the birds, don't be sad
Your time will come. I'll make you feel it
You're still young like the sun after rain
Follow the light, it's not in vain
And you will see I'll touch your feelings.
You've got your songs, they are everyday
For a while, just the only way
To feel allright...
You were born just to lose or to win
To be someone's child in the wind
To live between your mind and feelings
Find your way, check it out, learn each day
Follow the light , it's not in vain
And you will see I'll touch your feelings.
You've got your songs, they are everyday
For a while. just the only way
To feel allright ...
Born to touch your feelings
I was born from the sound oft he strings
For someone to give everything
To be a song just for your feeling
Close your eyes and I'll try to get in
To waken your heart like the spring
'cos I was born to touch your feelings
Steal the time, take a song and be glad
Be free as the birds, don't be sad
Your time will come. I'll make you feel it
You're still young like the sun after rain
Follow the light, it's not in vain
And you will see I'll touch your feelings.
You've got your songs, they are everyday
For a while, just the only way
To feel allright...
You were born just to lose or to win
To be someone's child in the wind
To live between your mind and feelings
Find your way, check it out, learn each day
Follow the light , it's not in vain
And you will see I'll touch your feelings.
You've got your songs, they are everyday
For a while. just the only way
To feel allright ...
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Pequeña reflexión del mediodía
¡Qué nociva es para las personas la falta de visión! Con ello no me refiero a los problemas oftalmológicos, sino a nuestra forma de ver el mundo. ¡Cuánto convencionalismo, cuánto prejuicio y de qué manera nos dejamos determinar y guiar! ¿Deberíamos, para evitar esto, cerrar los ojos, fingir ceguera y refugiarnos en la falsa inocencia? Sí, el mundo parece cegar, y realmente lo hace si no aprendemos a mirar, a mirar y a la vez ver. Tal vez todos y todas deberíamos revisar nuestra forma de percibir lo que nos rodea. Tal vez deberíamos empezar a pensar por nosotros/as mismos/as y alejarnos así de lo tópicos, obcecaciones, prejuicios y convencionalismos, que son los lastres de nuestra verdadera libertad.
lunes, 29 de noviembre de 2010
El Camino de Santiago.
En octubre, con el colegio, hicimos las últimas etapas del Camino de Santiago, desde Arzúa. Alumnos y alumnas, profes con sus respectivas familias, etc. En total, recorrimos unos cuarenta kilómetros en un par de días. Una compañera es responsable de esta grabación, que quedó genial y cuya visualización recomiendo:
Como puede verse, reinó el buen ambiente y no dormimos hasta la misa del domingo. Profesores incluidos...
La primera noche la pasamos en el club de kárate de Arzúa, donde se pudo apreciar el arte de hablar en sueños de algún compañero/a... Sí, de pronto se escuchó una voz aguda decir apresuradamente: "¡Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero!, ¡¡tengo miedo!!"
Otra anécdota graciosa ocurrió durante la última noche... un compañero salió de su habitación por la ventana, vino a la nuestra, dijimos que esperara, se fue otra vez y... un minuto después pasó por delante de nuestra ventana como un fantasma, silenciosamente, alumbrando el camino con una linterna, nuestra profesora de francés. Vaya susto que nos llevamos...
Creo que no me importaría repetirlo.
viernes, 23 de julio de 2010
El Último Pétalo: Final
Y, por fin, dejo el final de la historia para quien esté interesado en leerlo:
Aine miraba a Rind. Estaba ansiosa por saber lo que tenía que decirle. Por su parte, Rind no sabía cómo comenzar. Contar una historia no es fácil. Ambas estaban sentadas sobre la hierba, al mediodía, junto al río. Al fin, empezó a hablar:
- Mi abuela siempre nos contaba esta historia. La historia de una tierra de bardos y poetas, de músicos, armonía y esplendor… Por sus bulliciosas calles habían paseado poderosos reyes provenientes de todos los rincones del mundo, y se habían instalado los más exquisitos artesanos, pero ahora el silencio y el olvido habían caído sobre la ciudad, cual niebla sobre un valle en invierno. Pero todo no se había terminado. Escondidos en un palacio en un espejismo, en el centro de un lago, allí seguían ellos, los Grandes. Nunca me contó quiénes eran en realidad, supongo que su identidad se habrá perdido entre poesías y cuentos, pero siempre me quedó claro que eran una especie de entidades que cuidaban de la naturaleza... Al final, para darle emoción, añadía que la clave se encontraba allí, en el bosque. – Rind sonrió. – Mi hermana y yo pasábamos tardes corriendo y soñando, imaginando que llegaríamos hasta el palacio… Ella murió cuando tenía trece años. Se escapó una noche de invierno. La encontramos sin vida en el bosque. Helada…y sonriendo. – Rind se secó las lágrimas con la manga de su traje.
- Lo siento muchísimo. – se hizo un silencio denso. - Pero… ¿y el cristal?
- La abuela estaba empeñada en que provenía de la ciudad perdida. Al parecer, tenía razón.
Aine miraba a Rind. Estaba ansiosa por saber lo que tenía que decirle. Por su parte, Rind no sabía cómo comenzar. Contar una historia no es fácil. Ambas estaban sentadas sobre la hierba, al mediodía, junto al río. Al fin, empezó a hablar:
- Mi abuela siempre nos contaba esta historia. La historia de una tierra de bardos y poetas, de músicos, armonía y esplendor… Por sus bulliciosas calles habían paseado poderosos reyes provenientes de todos los rincones del mundo, y se habían instalado los más exquisitos artesanos, pero ahora el silencio y el olvido habían caído sobre la ciudad, cual niebla sobre un valle en invierno. Pero todo no se había terminado. Escondidos en un palacio en un espejismo, en el centro de un lago, allí seguían ellos, los Grandes. Nunca me contó quiénes eran en realidad, supongo que su identidad se habrá perdido entre poesías y cuentos, pero siempre me quedó claro que eran una especie de entidades que cuidaban de la naturaleza... Al final, para darle emoción, añadía que la clave se encontraba allí, en el bosque. – Rind sonrió. – Mi hermana y yo pasábamos tardes corriendo y soñando, imaginando que llegaríamos hasta el palacio… Ella murió cuando tenía trece años. Se escapó una noche de invierno. La encontramos sin vida en el bosque. Helada…y sonriendo. – Rind se secó las lágrimas con la manga de su traje.
- Lo siento muchísimo. – se hizo un silencio denso. - Pero… ¿y el cristal?
- La abuela estaba empeñada en que provenía de la ciudad perdida. Al parecer, tenía razón.
Las estaciones se sucedieron, los campos se volvieron dorados, luego las hojas cayeron, y por fin, comenzaron las primeras nevadas. Aine seguía teniendo extraños sueños, cada vez con más frecuencia, y despertaba, inquieta, con la clara imagen de unos ojos verde azulaos clavados en ella. Al principio se los había contado a Rind, pero más tarde decidió no preocuparla. Durante aquellos meses, Rind le había enseñado un montón de cosas sobre plantas y remedios, ahora era Aine la encargada de ir al mercado de la aldea. Allí podía observar los cambios que se producían: habían llegado hombres del sur, que traían un Dios hecho hombre y crucificado, prediciendo el fin del mundo y asegurando la salvación. Por supuesto, habían sido duramente rechazados al principio, pero la curiosidad es poderosa, y ya existían pequeñísimos grupos de seguidores de aquella extraña religión. Aine no les tenía mucha simpatía, pues tenía la certeza de que tarde o temprano aquellas personas echarían abajo todas sus creencias. Rind, por el contrario, pensaba que no hacía ningún mal, siempre y cuando no fuera impuesto.
Una noche, fría y ventosa, Aine dormía, y soñaba como siempre, con aquellos ojos, que parecían perseguirla allá donde su mente viajara tras sus párpados. Despertó sin sobresaltos. Había algo en ella… en su mente. La empujó a levantarse. Se acercó a la habitación de Rind. Estaba profundamente dormida, y, a su lado, Harald roncaba dulcemente. Después se abrigó, y simplemente se dejó llevar. Fuera nevaba. No le importó. Ya no podía aguantar más. Se adentró en el bosque, tenía que volver. Era esa noche. No había Luna, Saami sonreía. No se oía nada. Aine no sabía realmente cómo, pero llegaría, todo giraba en torno a aquella noche. Tenía que verlo otra vez, tenía que saberlo… Repitió todos los pasos que había dado la otra ocasión, y cuando llegó a la villa su corazón palpitaba a un ritmo frenético. Se acercó a la torre, no prestó atención a los cristales, al hecho de que ojos relucientes la observaban desde todos los rincones oscuros.
- ¡Sé que estás ahí! ¿A qué esperas? ¡Aquí estoy!
Entonces, un montón de lobos se acercaron a ella, despacio, gruñendo y enseñando los dientes. Iban creando un círculo a su alrededor, que cerraban poco a poco. Cuando estaban a apenas medio metro de ella, comenzaron a abrir un camino y a retirarse. Las fieras volvieron a sus sombras al tiempo que él apareció. Sus ojos, de un precioso color entre azul y verde eran los mismos que la habían atormentado durante un año entero. Aquella noche pudo ver con claridad su rostro, de tez blanquecina, rasgos finos y nariz recta, un poco respingona. El pelo, rubio pajizo, lo llevaba largo y con una raya al medio, dejando la frente despejada.
- Creía que nunca vendrías. – su voz era aterciopelada y no demasiado grave, muy agradable. Le tendió su mano, de largos y finos dedos.
Rind despertó sobresaltada. Tenía la sensación de que algo iba mal. Salió del dormitorio y se dirigió con sigilo hacia la buhardilla. Allí no había nadie. Rind sintió como si le hubiesen tirado un jarro de agua fría. Volvió corriendo a la habitación. Harald seguía dormido.
-¡Despierta! – gritó. Él, tras unos segundos, la miró con los ojos entrecerrados. – Aine ha desaparecido… Creo que ha ido al bosque.
Poco después, ambos se encontraban a la puerta de casa, vestidos con cálidos abrigos de pieles y candiles en mano, dispuestos a traer de vuelta a Aine.
Estaba otra vez en aquella sala, en lo alto de la torre. Su misterioso acompañante permanecía en silencio, a la espera, apoyado en la gran mesa. Aine, con cuidado, alargó la mano y levantó el suave paño rojo. Al momento quedó al exterior lo que ocultaba: una rosa blanca. Era realmente preciosa… pero al momento, de manera inexplicable, muchos de sus pétalos comenzaron a marchitarse y a caer, hasta que sólo quedó uno.
- ¿Sabes lo qué es eso? – murmuró él, señalando la flor. - Ese pétalo es nuestra esperanza.
Aine lo miró sin comprender.
- Nosotros… Rind te contó algo. Sí, - afirmó, divertido. – dijo que los Grandes seguíamos existiendo… - ahora su tono se tornó serio. – De momento…
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que nuestra existencia depende de vosotros, los humanos. – hizo una ligera pausa. - Existimos porque creéis en nosotros. Existimos por que creéis que existimos. Y según esta regla, cuando nos dejáis de lado… desaparecemos.
Silencio. Aine lo miró. La sensación que tuvo fue de grandeza y decadencia.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la rosa?
- El tiempo que nos queda. Al principio tuvo muchos pétalos, pero fueron cayendo uno a uno… No, no es como piensas. Fue un proceso muy largo. La religión traída del sur es sólo la gota que colmará (definitivamente) el vaso. Antes de que llegara, ya decaíamos desde hacía tiempo… la gente ya no busca la gloria de los viejos dioses guerreros, ésos fueron los primeros en caer con la consolidación de una sociedad pacífica. Luego el ser humano se volvió arrogante, ya no necesitó deidades guías; entonces se esfumaron, ¡plaf!, todos los dioses la sabiduría y el misterio, la muerte… Así fueron desapareciendo, hasta que sólo quedamos un puñado de deidades menores, encargadas de la naturaleza… No pongas esa cara, niña, esto nos llega a todos tarde o temprano. ¡Ja! Esto es nuestro Rangarok…
- ¿Por qué estoy aquí? Yo no puedo hacer nada…
- ¡Sí puedes! Cuenta tu historia, no nos olvides.
- Se perderá entre los versos de un poema olvidado, en boca de un viejo trovador… Los cristianos la cambiarán a capricho, la destruirán.
- O tal vez no.
- ¿Volveré a verte? ¿Regresaré a este lugar?
- Es posible. Todo depende de lo que creas de verdad.
Él se acercó a una de las estanterías y cogió un volumen. Apartó con suavidad la capa de polvo que lo cubría. Sus hojas estaban en blanco. Se lo tendió a Aine.
- Escribe la historia. Por favor.
Ella cogió el libro. Sus cubiertas eran de piel, y las hojas estaban en buen estado.
- ¿Sobrevivirás? – preguntó Aine.
- Sabes que el mundo ya no nos necesita. Ya llegó nuestra hora, es el anochecer. Sólo somos viejas historias que contar. No podemos luchar contra eso. – tomó la mano de ella, y cerró sobre su palma la suya, y le susurró al oído: - Siempre estaré ahí por ti. Ahora debes regresar.
Era ya cerca del alba. Ni rastro de Aine. Rind miraba hacia el cielo, inquieta. Se sentía algo culpable por haberle hablado a la muchacha del cuento de su abuela, de su hermana, del colgante. Además, existía un paralelismo preocupante entre ella y su hermana, y Rind se temía lo peor, pues Aine había pasado la noche entera en el bosque, sola. Hacía tiempo que daban vueltas y vueltas, casi sin esperanza.
- ¡Rind! – llamó de pronto Harald. - ¡Mira!
Harald señalaba hacia una silueta encapuchada, vestida de blanco, que se movía rápido, corriendo hacia ellos. Aine llegó hasta donde estaban, fatigada, con un libro bajo el brazo. Se echó a los brazos de Rind.
- Niña mía… ¿Cómo se te ocurrió hacer eso? Estábamos tan preocupados. Creíamos que te encontraríamos como a mi hermana.
- Lo siento. No tengo excusa, pero sí tanto que contarte… Os prometo que nunca volverá a pasar nada parecido.
- ¡Sé que estás ahí! ¿A qué esperas? ¡Aquí estoy!
Entonces, un montón de lobos se acercaron a ella, despacio, gruñendo y enseñando los dientes. Iban creando un círculo a su alrededor, que cerraban poco a poco. Cuando estaban a apenas medio metro de ella, comenzaron a abrir un camino y a retirarse. Las fieras volvieron a sus sombras al tiempo que él apareció. Sus ojos, de un precioso color entre azul y verde eran los mismos que la habían atormentado durante un año entero. Aquella noche pudo ver con claridad su rostro, de tez blanquecina, rasgos finos y nariz recta, un poco respingona. El pelo, rubio pajizo, lo llevaba largo y con una raya al medio, dejando la frente despejada.
- Creía que nunca vendrías. – su voz era aterciopelada y no demasiado grave, muy agradable. Le tendió su mano, de largos y finos dedos.
Rind despertó sobresaltada. Tenía la sensación de que algo iba mal. Salió del dormitorio y se dirigió con sigilo hacia la buhardilla. Allí no había nadie. Rind sintió como si le hubiesen tirado un jarro de agua fría. Volvió corriendo a la habitación. Harald seguía dormido.
-¡Despierta! – gritó. Él, tras unos segundos, la miró con los ojos entrecerrados. – Aine ha desaparecido… Creo que ha ido al bosque.
Poco después, ambos se encontraban a la puerta de casa, vestidos con cálidos abrigos de pieles y candiles en mano, dispuestos a traer de vuelta a Aine.
Estaba otra vez en aquella sala, en lo alto de la torre. Su misterioso acompañante permanecía en silencio, a la espera, apoyado en la gran mesa. Aine, con cuidado, alargó la mano y levantó el suave paño rojo. Al momento quedó al exterior lo que ocultaba: una rosa blanca. Era realmente preciosa… pero al momento, de manera inexplicable, muchos de sus pétalos comenzaron a marchitarse y a caer, hasta que sólo quedó uno.
- ¿Sabes lo qué es eso? – murmuró él, señalando la flor. - Ese pétalo es nuestra esperanza.
Aine lo miró sin comprender.
- Nosotros… Rind te contó algo. Sí, - afirmó, divertido. – dijo que los Grandes seguíamos existiendo… - ahora su tono se tornó serio. – De momento…
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que nuestra existencia depende de vosotros, los humanos. – hizo una ligera pausa. - Existimos porque creéis en nosotros. Existimos por que creéis que existimos. Y según esta regla, cuando nos dejáis de lado… desaparecemos.
Silencio. Aine lo miró. La sensación que tuvo fue de grandeza y decadencia.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la rosa?
- El tiempo que nos queda. Al principio tuvo muchos pétalos, pero fueron cayendo uno a uno… No, no es como piensas. Fue un proceso muy largo. La religión traída del sur es sólo la gota que colmará (definitivamente) el vaso. Antes de que llegara, ya decaíamos desde hacía tiempo… la gente ya no busca la gloria de los viejos dioses guerreros, ésos fueron los primeros en caer con la consolidación de una sociedad pacífica. Luego el ser humano se volvió arrogante, ya no necesitó deidades guías; entonces se esfumaron, ¡plaf!, todos los dioses la sabiduría y el misterio, la muerte… Así fueron desapareciendo, hasta que sólo quedamos un puñado de deidades menores, encargadas de la naturaleza… No pongas esa cara, niña, esto nos llega a todos tarde o temprano. ¡Ja! Esto es nuestro Rangarok…
- ¿Por qué estoy aquí? Yo no puedo hacer nada…
- ¡Sí puedes! Cuenta tu historia, no nos olvides.
- Se perderá entre los versos de un poema olvidado, en boca de un viejo trovador… Los cristianos la cambiarán a capricho, la destruirán.
- O tal vez no.
- ¿Volveré a verte? ¿Regresaré a este lugar?
- Es posible. Todo depende de lo que creas de verdad.
Él se acercó a una de las estanterías y cogió un volumen. Apartó con suavidad la capa de polvo que lo cubría. Sus hojas estaban en blanco. Se lo tendió a Aine.
- Escribe la historia. Por favor.
Ella cogió el libro. Sus cubiertas eran de piel, y las hojas estaban en buen estado.
- ¿Sobrevivirás? – preguntó Aine.
- Sabes que el mundo ya no nos necesita. Ya llegó nuestra hora, es el anochecer. Sólo somos viejas historias que contar. No podemos luchar contra eso. – tomó la mano de ella, y cerró sobre su palma la suya, y le susurró al oído: - Siempre estaré ahí por ti. Ahora debes regresar.
Era ya cerca del alba. Ni rastro de Aine. Rind miraba hacia el cielo, inquieta. Se sentía algo culpable por haberle hablado a la muchacha del cuento de su abuela, de su hermana, del colgante. Además, existía un paralelismo preocupante entre ella y su hermana, y Rind se temía lo peor, pues Aine había pasado la noche entera en el bosque, sola. Hacía tiempo que daban vueltas y vueltas, casi sin esperanza.
- ¡Rind! – llamó de pronto Harald. - ¡Mira!
Harald señalaba hacia una silueta encapuchada, vestida de blanco, que se movía rápido, corriendo hacia ellos. Aine llegó hasta donde estaban, fatigada, con un libro bajo el brazo. Se echó a los brazos de Rind.
- Niña mía… ¿Cómo se te ocurrió hacer eso? Estábamos tan preocupados. Creíamos que te encontraríamos como a mi hermana.
- Lo siento. No tengo excusa, pero sí tanto que contarte… Os prometo que nunca volverá a pasar nada parecido.
Durante meses, Aine trabajó duramente y escribió su historia con ayuda de Rind. Y después de aquella, muchas más. Los chiquillos del pueblo frecuentaban su puesto, pidiendo historias, y ellas las inventaban. En ocasiones les hacían reír, o llorar, pero, al menos, hacían que se olvidaran de todo por un momento, que sus ojos se llenaran de ilusión y soñaran con palacios de plata y cristal.
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