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lunes, 15 de octubre de 2012

Fantasía fáustica



Había reflexionado sobre ello demasiado tiempo. Su rostro era un espejo de férrea decisión y grave gesto; labios apretados y ojos fijos en el espacio, al frente. El aire, cálido, no se movía, indiferente. Su sombra se dibujaba, tras sí, sobre la hierba. Repasó una vez más su vida. Había sido un éxito rotundo. Lo había tenido todo. Había perseguido un Ideal y lo había alcanzado. Había fascinado al mundo y seducido a sus habitantes. Había poseído la más alta Sabiduría, contemplado el rostro de la Belleza y hecho que el Poder, la Fortuna y el Deseo descansasen sobre sus rodillas. Sin embargo, en su alma había nacido un dolor desconocido. Una pregunta, una duda, un enigma. ¿Ahora qué? La Felicidad le era huidiza. Había sido el camino y no la meta lo que le daba fuerza. Cada día existía ahora sin vivir, sin ilusión, sin ideal. Cada hora era un vacío insoldable, un terrible hastío, un insoportable recordatorio de que nada le quedaba por saber ni hacer. ¿De qué servía continuar su existencia de aquella forma?
Una mañana, mientras descansaba en la alcoba, tomó una decisión. El último sol del verano se adivinaba detrás de las cortinas escarlata, y un aroma a incienso reinaba en el ambiente. Sin despertar a sus amantes, que yacían aquí y allá despreocupada y dulcemente, se lavó y vistió, con uno de sus atuendos más sencillos. Dejó abierto el  enorme cofre con sus alhajas dentro y se escabulló del enorme dormitorio. Luego, se dirigió a la biblioteca, en el ala este del palacio, el lugar donde impartía sus clases. Estudiantes y sabios acudían cada día a oír su palabra. Reinaba el silencio, pero los muros habían guardado bien el recuerdo de sus apasionadas disertaciones. Sobre su mesa depositó un manuscrito y abandonó la estancia, dejando la puerta abierta tras sí. Paseó después por el magnífico jardín, donde crecían flores exuberantes y embriagadoras durante todo el año y habitaban hermosos pavos reales.  Salió de su casa, y caminó por la ciudad, aquella ciudad que le adoraba como a una deidad y que se había sometido, como a todo el reino, a su voluntad. Sus pasos le llevaron fuera de los muros, hacia la alta y escarpada pendiente sobre el río. Allí encendió una hoguera y quemó todos sus escritos. Cuando la última palabra se hubo consumido, avanzó con decisión. Anochecía ya. Abajo, la corriente se agitaba repetitivamente.
La muerte era lo único que le quedaba por vivir. 

domingo, 4 de marzo de 2012

- Se vende -


Llueve. Las gotas brillan como luceros en este universo de asfalto y cristal que es la ciudad al caer la noche. La calzada se ha convertido en un río de neón. La lluvia impacta contra mi paraguas, con un continuo repiqueteo. Miro otra vez el reloj y sigo esperando. Es curioso observar cómo la gente va y viene. Nadie sonríe. Sus caras están encogidas en una especie de mueca de labios apretados, ceño fruncido y expresión grave. Algunas personas miran con interés hacia mí, una guardiana inmóvil junto al edificio de ladrillos rojos. Atravesar la calle es sólo un minuto de sus vidas. Tic-tac. Se van, y luego vienen más.
Los ciclos del tráfico y los colores de los semáforos se suceden continuamente, sin descanso, una y otra vez. Rojo-ámbar-verde-ámbar-rojo. Se mezclan en los charcos de lluvia de forma caprichosa. Cada vez hace más frío. Puedo ver mi aliento al respirar. Una anciana se detiene y me pregunta si tengo a dónde ir. ‘Sólo estoy esperando’, respondo con mi mejor sonrisa. Ella me mira con reprobación, se encoge de hombros y desaparece calle arriba. Un gato callejero se pega a mis piernas y da vueltas entre ellas. Ronronea. Intento echarle, pero se niega. Suspiro y miro el reloj.  Los carteles que rezan “liquidación total por cierre” a la luz de las farolas y los locales vacíos hacen crecer en mí un sentimiento de inquietud.
Un grupo de gente de mi edad, que seguramente va hacia la zona de bares, me observa al pasar. Los chicos van de plano, muy cómodos, sin ninguna formalidad; ellas calzan altos tacones y van maquilladas. Fijo mi vista en el reloj una vez más.
Lo siento, no puede estar aquí. Tiene que irse, señorita. Es tarde
‘Yo sólo estoy esperando’
No puede quedarse ahí, ¿entiende?
‘Pero es que tengo que estar aquí. En cualquier momento vendrán a recogerme’
Y llévese el gato’
‘No es mío. Yo sólo espero’
            ‘Claro. Le recuerdo que el abandono de animales es un delito
Tengo miedo de que mi vida cruce la calle y me deje sola con mi espera. No pasa nada, cogeré el tren y mañana estaré lejos.
            ‘¿Ha dicho algo?
            ‘Nada, estaba pensando’
¿Es que no conoce la normativa? Está prohibido pensar. Descentra a las personas de su verdadero propósito y hace que se crean independientes.’
            Sonrío irónicamente y vuelvo a mirar la hora.
            ‘Está prohibido sonreír, es un acto egoísta y desconsiderado en estos tiempos
            ‘Entonces no quiero vivir en estos tiempos’
Váyase a casa o la haré detener por agitadora
            ‘Ya le he dicho que estoy esperando’
            ‘¿A qué?
            ‘Eso ya no tiene importancia, lo he olvidado’
            - Vendo un sueño al mejor postor -  

martes, 15 de marzo de 2011

Perseguir el horizonte



Un día cualquiera, el joven soñador y el anciano contemplaban juntos el atardecer. El primero se volvió hacia su acompañante:
- ¡Fíjese en los hermosos colores del cielo! ¡Qué sentimiento de grandeza despiertan! ¿No le parece algo maravilloso?
Por toda respuesta, el anciano asintió con la cabeza levemente.
- ¿Sabe? - continuó el joven. - En ocasiones siento un fuerte impulso en mí. Quiero ir a donde las montañas se funden con el cielo. Quiero ir allá donde la tierra se desdibuja entre la niebla. Quiero encontrar la plenitud, el misterio, quiero otro mundo. Sé que podré dar con el lugar.
El otro lo miró, y finalmente contestó:
- ¡Ah! ¡Cómo me recuerdan esas palabras a mí mismo! ¡Cuánta pasión hay en tu voz! Es la llama de la juventud. No me mires así, yo también tuve tu edad y elevados ideales. Me dejé guiar por una visión romántica y salí en busca de la belleza, la soledad inspiradora, la grandeza, el misterio. Pasé años, muchos años persiguiendo el horizonte. ¿Quieres saber lo que ocurrió? ¿Qué me reveló el horizonte? Que jamás lo había alcanzado, y que lo había perdido todo en mi alocado peregrinar.  Perdí mi vida, a aquellos quienes me amaban, incluso a mí mismo. Un precio demasiado elevado para un ideal juvenil, ¿no te parece?
El viejo caminante se interrumpió. El cielo se había oscurecido ya. No quedaba rastro de su efímera belleza.


miércoles, 9 de marzo de 2011

Voces en el viento

Una tarde de otoño. Cielo gris. El caminante echó un vistazo al camino que se extendía frente a él: una línea recta bordeada por árboles cuyas hojas se balanceaban, amenzando con dejarlos totalmente desnudos. Esto le pareció un reflejo de su alma, el alma inquieta de aquel que busca respuestas, que busca un sentido último para su existencia monótona y lineal. ¿Cuál era el destino al que le conducía aque sendero? ¿Lo guiaba realmente a alguna parte? ¡Qué tontería! Todos los caminos llevan a algún lugar, ¿no? Si no fuese así, ¿de qué servirían? Suspirando, el caminante se abrochó el abrigo. Aunque no llegaba a los cincuenta años, sus manos, hábiles, parecían gastadas. De pronto, sobrevino un fuerte vendaval. Él se detuvo. Le llamaba la atención como las hojas danzaban en las ramas de los árboles. Una danza peligrosa. Se dio cuenta de que, en realidad, no era eso lo que había llamado su atención, no era nada que pudiera verse, si bien podía sentirse: era el viento en sí. En él bailaba una melodía lejana, semejante a un coro grandioso, que cada vez se acercaba más. Las voces se volvían más y más fuertes, formando un torbellino de cánticos, gritos de horror y júbilo, llantos, murmullos y susurros que se entremezclaban en una sinfonía maravillosa. ¿Era el viento el que dirigía la sinfonía, o era la sinfonía la que dirigía al viento? Sea como fuere, se trataba de un espectáculo impresionante, y su peligrosa belleza puso los pelos de punta al caminante, que gritó:
- ¡Es el arte! ¡El arte, que hace llevadera nuestra existencia! ¡Es el arte, que engrandece nuestro espíritu! ¡El arte, que da significado a nuestra vida!
El coro del viento aulló, como si celebrase sus palabras.
- ¡El mundo es una caja de música! ¡La vida es solo un lienzo! - continuó, con pasión. Rompió a reír y el viento se llevó su risa. Ésta pasó a formar parte de la sinfonía de la tempestad, que era cada vez más intensa, más caótica, más hermosa. Sus brazos etéreos le quitaron el sombrero. Los árboles temblaron cuando sus últimas hojas los abandonaron. Miles de hojas marchitas se elevaron hacia el cielo, en un remolino semejante a un tornado. El hombre, extasiado, cerró los ojos. Podía sentir sobre sus labios el beso del viento. De repente, todo cesó. El caminante recogió su sombrero y, tranquilamente, continuó con su camino bajo una lluvia de hojas secas.

martes, 1 de marzo de 2011

Conversación con Ernest

Cuando entró en la sala de estar, Elisa inhaló una bocanada de humo de tabaco. Confusa, cerró los ojos un momento.
- Hola, Elisa. - murmuró una voz tras ella.
Se dio la vuelta. Allí estaba él, apoyado en el blanco marco de la puerta. La luz que se filtraba por las cortinas parecía acariciar su rostro. Bailaba en sus ojos azules, que eran como hielo ardiente. Entre los finos dedos de su mano derecha se consumía lentamente un cigarrillo. En el otro brazo reposaba, cuidadosamente doblado, su abrigo verde oscuro. El traje que lucía, anticuado y elegante, estaba impecable, tan nuevo que parecía recién salido de la sastrería.
Los labios de ella temblaron al pronunciar su nombre:
-Ernest.
- ¿Puedo pasar? Me gustaría hablar contigo.
La muchacha asintió, aturdida. Él se sentó en un sillón. Dio una calada al cigarrillo. Exhaló el humo y la miró a los ojos.
- No deberías fumar. Es malo para tu salud. - apuntó.
Ernest rió, y su carcajada pareció descomponer momentáneamente la atmósfera de la estancia. Se inclinó sobre la mesa de café y comenzó a apagar el cigarro, mientras decía:
- ¡Qué curioso! ¿No crees? Fumo porque tú lo has decidido. Después de todo, yo nací de tu pluma. Tú me has creado.
Elisa se preguntó cómo habría llegado aquél cenicero allí. Nadie en casa fumaba.
- ¿Por qué estás aquí, Ernest?
- He de confesar que estoy muy dolido.
- ¿Dolido? - preguntó ella enarcando las cejas. No cabía en su asombro.
- Sí, Elisa mía, dolido. Parece que te has olvidado de mí. Ya casi nunca escribes y, cuando lo haces, nunca estoy en esas líneas. Antes, en cambio, yo estaba ahí, en tu mente. Me creaste con dedicación, con ilusión, con cariño, incluso, y luego hiciste un sitio para mí en tus historias. Dime, ¿me has olvidado? Has de saber que estoy muy triste, sufro por ello. ¿Es que ya no soy nada para ti?
Su forma de expresarse y la emoción de su voz estremecieron a Elisa, que permaneció en silencio.
- ¿Por qué no escribes? Te gustaba escribir, podías pasar horas haciéndolo.
- Oh, vamos. Tengo una vida, ¿sabes? Hay muchas más cosas que hacer que las que a una le gustan. Apenas tengo tiempo.
- ¿No te da pena mentirte de ese modo? ¿De verdad quieres hacerme creer que esa es la verdadera razón?
Elisa se agitó en su asiento. Él había dado en el clavo, tenía toda la razón (como siempre). Maldita sea. Era el personaje que había inventado quien le estaba reprochando su propia conducta.
- ¿Qué quieres oír? No, Ernest, no te he olvidado. Tienes razón. El tiempo no es la causa. Pero hace tiempo que he perdido mi inspiración. Me horroriza encontrarme con una hoja en blanco cada vez que comienzo una historia. Simplemente no soy capaz de superar ese vacío. No puedo y me hace sentir fatal. De modo que decidí no escribir más. Dime, ¿qué quieres que haga?
- Elisa, querida, solo te pido que hagas lo que verdaderamente te gusta, lo que te hace sentir realizada. Escribe. Escribe y no te rindas. No dejes que una hoja en blanco pueda contigo. Yo siempre estaré ahí.
Ernest se levantó, se puso el abrigo y se dirigió al ventanal. Se volvió una vez más hacia ella.
- Una cosa más antes de irme. Deja que viva en tus líneas.
Acto seguido, abrió el ventanal y la luz inundó la sala.

Al día siguiente, Elisa despertó con una extraña sensación.
Una hora después, se encontraba frente al ordenador. Ya había escrito más de dos páginas.

jueves, 13 de enero de 2011

Consumismo: ¿Semblante de libertad?

La máscara que forma nuestro semblante de libertad nos oprime tanto que llega a asfixiarnos. La ilusión se rompe y queda al descubierto la evidencia que todos y todas nos afanamos en ocultar: somos esclavos y esclavas del consumismo.
Consumimos todo lo que podemos, agotando los recursos naturales, lo que acabará por destruir no sólo el mercado, sino nuestro planeta. Podéis decir que se trata de un planteamiento exagerado, pero ¿no estamos ya sufriendo las consecuencias de nuestras acciones? ¿A qué vamos a esperar? ¿Sacrificaremos el futuro?
Mirémonos en el espejo: seres grotescos que trabajamos y vivimos para consumir, manteniendo nuestra propia perdición. No nos atrevemos a mirarnos; no queremos. Nos ponemos nuestro antifaz y, como en un cuento poeniano, nos dejamos llevar por la mascarada y, cual avaro príncipe, nos escondemos en habitaciones cada vez más profundas y oscuras, a la espera de lo inevitable. "Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres"

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Pequeña reflexión del mediodía

¡Qué nociva es para las personas la falta de visión! Con ello no me refiero a los problemas oftalmológicos, sino a nuestra forma de ver el mundo. ¡Cuánto convencionalismo, cuánto prejuicio y de qué manera nos dejamos determinar y guiar! ¿Deberíamos, para evitar esto, cerrar los ojos, fingir ceguera y refugiarnos en la falsa inocencia? Sí, el mundo parece cegar, y realmente lo hace si no aprendemos a mirar, a mirar y a la vez ver. Tal vez todos y todas deberíamos revisar nuestra forma de percibir lo que nos rodea. Tal vez deberíamos empezar a pensar por nosotros/as mismos/as y alejarnos así de lo tópicos, obcecaciones, prejuicios y convencionalismos, que son los lastres de nuestra verdadera libertad.

viernes, 23 de julio de 2010

El Último Pétalo: Final

Y, por fin, dejo el final de la historia para quien esté interesado en leerlo:

Aine miraba a Rind. Estaba ansiosa por saber lo que tenía que decirle. Por su parte, Rind no sabía cómo comenzar. Contar una historia no es fácil. Ambas estaban sentadas sobre la hierba, al mediodía, junto al río. Al fin, empezó a hablar:
- Mi abuela siempre nos contaba esta historia. La historia de una tierra de bardos y poetas, de músicos, armonía y esplendor… Por sus bulliciosas calles habían paseado poderosos reyes provenientes de todos los rincones del mundo, y se habían instalado los más exquisitos artesanos, pero ahora el silencio y el olvido habían caído sobre la ciudad, cual niebla sobre un valle en invierno. Pero todo no se había terminado. Escondidos en un palacio en un espejismo, en el centro de un lago, allí seguían ellos, los Grandes. Nunca me contó quiénes eran en realidad, supongo que su identidad se habrá perdido entre poesías y cuentos, pero siempre me quedó claro que eran una especie de entidades que cuidaban de la naturaleza... Al final, para darle emoción, añadía que la clave se encontraba allí, en el bosque. – Rind sonrió. – Mi hermana y yo pasábamos tardes corriendo y soñando, imaginando que llegaríamos hasta el palacio… Ella murió cuando tenía trece años. Se escapó una noche de invierno. La encontramos sin vida en el bosque. Helada…y sonriendo. – Rind se secó las lágrimas con la manga de su traje.
- Lo siento muchísimo. – se hizo un silencio denso. - Pero… ¿y el cristal?
- La abuela estaba empeñada en que provenía de la ciudad perdida. Al parecer, tenía razón.
Las estaciones se sucedieron, los campos se volvieron dorados, luego las hojas cayeron, y por fin, comenzaron las primeras nevadas. Aine seguía teniendo extraños sueños, cada vez con más frecuencia, y despertaba, inquieta, con la clara imagen de unos ojos verde azulaos clavados en ella. Al principio se los había contado a Rind, pero más tarde decidió no preocuparla. Durante aquellos meses, Rind le había enseñado un montón de cosas sobre plantas y remedios, ahora era Aine la encargada de ir al mercado de la aldea. Allí podía observar los cambios que se producían: habían llegado hombres del sur, que traían un Dios hecho hombre y crucificado, prediciendo el fin del mundo y asegurando la salvación. Por supuesto, habían sido duramente rechazados al principio, pero la curiosidad es poderosa, y ya existían pequeñísimos grupos de seguidores de aquella extraña religión. Aine no les tenía mucha simpatía, pues tenía la certeza de que tarde o temprano aquellas personas echarían abajo todas sus creencias. Rind, por el contrario, pensaba que no hacía ningún mal, siempre y cuando no fuera impuesto.
Una noche, fría y ventosa, Aine dormía, y soñaba como siempre, con aquellos ojos, que parecían perseguirla allá donde su mente viajara tras sus párpados. Despertó sin sobresaltos. Había algo en ella… en su mente. La empujó a levantarse. Se acercó a la habitación de Rind. Estaba profundamente dormida, y, a su lado, Harald roncaba dulcemente. Después se abrigó, y simplemente se dejó llevar. Fuera nevaba. No le importó. Ya no podía aguantar más. Se adentró en el bosque, tenía que volver. Era esa noche. No había Luna, Saami sonreía. No se oía nada. Aine no sabía realmente cómo, pero llegaría, todo giraba en torno a aquella noche. Tenía que verlo otra vez, tenía que saberlo… Repitió todos los pasos que había dado la otra ocasión, y cuando llegó a la villa su corazón palpitaba a un ritmo frenético. Se acercó a la torre, no prestó atención a los cristales, al hecho de que ojos relucientes la observaban desde todos los rincones oscuros.
- ¡Sé que estás ahí! ¿A qué esperas? ¡Aquí estoy!
Entonces, un montón de lobos se acercaron a ella, despacio, gruñendo y enseñando los dientes. Iban creando un círculo a su alrededor, que cerraban poco a poco. Cuando estaban a apenas medio metro de ella, comenzaron a abrir un camino y a retirarse. Las fieras volvieron a sus sombras al tiempo que él apareció. Sus ojos, de un precioso color entre azul y verde eran los mismos que la habían atormentado durante un año entero. Aquella noche pudo ver con claridad su rostro, de tez blanquecina, rasgos finos y nariz recta, un poco respingona. El pelo, rubio pajizo, lo llevaba largo y con una raya al medio, dejando la frente despejada.
- Creía que nunca vendrías. – su voz era aterciopelada y no demasiado grave, muy agradable. Le tendió su mano, de largos y finos dedos.

Rind despertó sobresaltada. Tenía la sensación de que algo iba mal. Salió del dormitorio y se dirigió con sigilo hacia la buhardilla. Allí no había nadie. Rind sintió como si le hubiesen tirado un jarro de agua fría. Volvió corriendo a la habitación. Harald seguía dormido.
-¡Despierta! – gritó. Él, tras unos segundos, la miró con los ojos entrecerrados. – Aine ha desaparecido… Creo que ha ido al bosque.
Poco después, ambos se encontraban a la puerta de casa, vestidos con cálidos abrigos de pieles y candiles en mano, dispuestos a traer de vuelta a Aine.

Estaba otra vez en aquella sala, en lo alto de la torre. Su misterioso acompañante permanecía en silencio, a la espera, apoyado en la gran mesa. Aine, con cuidado, alargó la mano y levantó el suave paño rojo. Al momento quedó al exterior lo que ocultaba: una rosa blanca. Era realmente preciosa… pero al momento, de manera inexplicable, muchos de sus pétalos comenzaron a marchitarse y a caer, hasta que sólo quedó uno.
- ¿Sabes lo qué es eso? – murmuró él, señalando la flor. - Ese pétalo es nuestra esperanza.
Aine lo miró sin comprender.
- Nosotros… Rind te contó algo. Sí, - afirmó, divertido. – dijo que los Grandes seguíamos existiendo… - ahora su tono se tornó serio. – De momento…
- ¿Qué quieres decir?
- Quiero decir que nuestra existencia depende de vosotros, los humanos. – hizo una ligera pausa. - Existimos porque creéis en nosotros. Existimos por que creéis que existimos. Y según esta regla, cuando nos dejáis de lado… desaparecemos.
Silencio. Aine lo miró. La sensación que tuvo fue de grandeza y decadencia.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la rosa?
- El tiempo que nos queda. Al principio tuvo muchos pétalos, pero fueron cayendo uno a uno… No, no es como piensas. Fue un proceso muy largo. La religión traída del sur es sólo la gota que colmará (definitivamente) el vaso. Antes de que llegara, ya decaíamos desde hacía tiempo… la gente ya no busca la gloria de los viejos dioses guerreros, ésos fueron los primeros en caer con la consolidación de una sociedad pacífica. Luego el ser humano se volvió arrogante, ya no necesitó deidades guías; entonces se esfumaron, ¡plaf!, todos los dioses la sabiduría y el misterio, la muerte… Así fueron desapareciendo, hasta que sólo quedamos un puñado de deidades menores, encargadas de la naturaleza… No pongas esa cara, niña, esto nos llega a todos tarde o temprano. ¡Ja! Esto es nuestro Rangarok…
- ¿Por qué estoy aquí? Yo no puedo hacer nada…
- ¡Sí puedes! Cuenta tu historia, no nos olvides.
- Se perderá entre los versos de un poema olvidado, en boca de un viejo trovador… Los cristianos la cambiarán a capricho, la destruirán.
- O tal vez no.
- ¿Volveré a verte? ¿Regresaré a este lugar?
- Es posible. Todo depende de lo que creas de verdad.
Él se acercó a una de las estanterías y cogió un volumen. Apartó con suavidad la capa de polvo que lo cubría. Sus hojas estaban en blanco. Se lo tendió a Aine.
- Escribe la historia. Por favor.
Ella cogió el libro. Sus cubiertas eran de piel, y las hojas estaban en buen estado.
- ¿Sobrevivirás? – preguntó Aine.
- Sabes que el mundo ya no nos necesita. Ya llegó nuestra hora, es el anochecer. Sólo somos viejas historias que contar. No podemos luchar contra eso. – tomó la mano de ella, y cerró sobre su palma la suya, y le susurró al oído: - Siempre estaré ahí por ti. Ahora debes regresar.
Era ya cerca del alba. Ni rastro de Aine. Rind miraba hacia el cielo, inquieta. Se sentía algo culpable por haberle hablado a la muchacha del cuento de su abuela, de su hermana, del colgante. Además, existía un paralelismo preocupante entre ella y su hermana, y Rind se temía lo peor, pues Aine había pasado la noche entera en el bosque, sola. Hacía tiempo que daban vueltas y vueltas, casi sin esperanza.
- ¡Rind! – llamó de pronto Harald. - ¡Mira!
Harald señalaba hacia una silueta encapuchada, vestida de blanco, que se movía rápido, corriendo hacia ellos. Aine llegó hasta donde estaban, fatigada, con un libro bajo el brazo. Se echó a los brazos de Rind.
- Niña mía… ¿Cómo se te ocurrió hacer eso? Estábamos tan preocupados. Creíamos que te encontraríamos como a mi hermana.
- Lo siento. No tengo excusa, pero sí tanto que contarte… Os prometo que nunca volverá a pasar nada parecido.
Durante meses, Aine trabajó duramente y escribió su historia con ayuda de Rind. Y después de aquella, muchas más. Los chiquillos del pueblo frecuentaban su puesto, pidiendo historias, y ellas las inventaban. En ocasiones les hacían reír, o llorar, pero, al menos, hacían que se olvidaran de todo por un momento, que sus ojos se llenaran de ilusión y soñaran con palacios de plata y cristal.

jueves, 22 de julio de 2010

Continuación El Último Pétalo

Dejo la continuación de El Último Pétalo.

Lo último que esperaba encontrar Harald aquella mañana era eso exactamente. Había salido temprano, cuando el cielo estaba despejado y parecía que el temporal había dado una pequeña tregua, a buscar leña al bosque, cuando se encontró con una muchacha tirada en la nieve, inconsciente y ardiendo de fiebre. No podía dejarla allí, así que la cogió en brazos, y haciendo un pequeño esfuerzo la llevó hasta su casa, donde lo esperaba Rind, su esposa. Ella era la persona más indicada para cuidar de la desconocida, pues pocas personas eran más sabias que su esposa, quien conocía los secretos de las plantas y del ser humano. Sin pensarlo, la acogió en su casa, la cuidó y la veló largas noches, en las que Aine se removía en sueños y no paraba de repetir cosas sobre ojos brillantes en la oscuridad, extraños cristales y barcos. Aun así, a la semana de su estancia en la casa, Aine apenas estaba despierta unos minutos, y no era capaz de percibir nada de la realidad, por lo que volvía a sumirse en un sueño pesado e intranquilo. Poco a poco la fiebre fue bajando, y las visitas a la realidad de la enferma fueron haciéndose más largas y uniformes. Aine oía como Rind le hablaba y la llamaba por su nombre, sacándola de aquellas terribles pesadillas. No le hacían demasiadas preguntas, y pasaba gran parte del tiempo observando cómo Rind escribía en un gran libro. Era una mujer bastante alta, de pelo castaño claro, recogido en una trenza. Sus ojos negros, profundos, penetrantes, parecían fuentes de inagotable sabiduría. En otras ocasiones miraba por la ventana, prestando atención a Harald, robusto, castaño, de ojos azules y semblante cálido y alegre, mientras hacía leña, o afilaba sus hachas. Ambos le recordaron a su propia familia, a la familia que una vez había tenido, y una punzada de dolor le atravesó el corazón, como si le hubieran clavado una aguja gélida. ¿Qué le ocurriría una vez recuperada? No tenía a dónde ir. Lo había perdido todo aquella terrífica noche, en la que su pequeño pueblo había sido reducido a cenizas por parte de los gautas, sanguinarios y avariciosos guerreros, provenientes de Gautlandia. Llegaron en silencio, por la costa, amparados por el silencio nocturno y la niebla. Desembarcaron los hombres altos de mirada gélida y vacía, gris como una mañana de invierno. Rápidos como el rayo acometieron sin piedad su tarea: matar, saquear, quemar. Ella y su hermano habían conseguido huir, pero él cayó al recibir una flecha. Aine se ocultó en un lo alto de un árbol para pasar lo que quedaba de noche. Cuando el pueblo había sido historia, pudo escuchar los cánticos de los ebrios soldados, que festejaban con los alimentos y bebida que tanto les había costado conseguir. Por la mañana brillaban aún las hogueras, y la pequeña aldea era un campo de cuervos. De este modo había comenzado su huida por el bosque.
- ¿En qué piensas? – preguntó Rind, sacándola de sus cavilaciones.
Aine, que ya no podía aguantar más aquel dolor, le contó cómo se había quedado sin nadie, pero no narró lo que le había ocurrido en el bosque, pues temía que creyese que se trataba sólo de un delirio a causa de la fiebre. Momentos más tarde, Rind salió de la habitación, y Aine pudo oírla hablando en susurros con Harald. Al poco tiempo, volvió.
- No te preocupes. Puedes quedarte con nosotros. Nunca viene mal algo de ayuda. – declaró, sonriendo.
Tardó un momento en asimilarlo. No podía creérselo.
- Yo… no sé qué decir. No quisiera ser una molestia… – de pronto tenía la garganta seca, y su voz le sonó algo pastosa. Vio a Rind poner los brazos en jarras y chasquear la lengua y añadió: - ¡Muchísimas gracias!

El invierno dio paso a la primavera, y Aine, ya recuperada, ayudaba a recolectar la primera cosecha. Harald la había ayudado a convertir el desván en un acogedor habitáculo, y Rind le había hecho varias prendas de vestir en sus ratos libres, es decir, cuando no estaba en el mercado del pueblo vendiendo sus remedios o atendiendo el huerto. Aquella noche, mientras preparaba la cena, se fijó que Rind llevaba colgado un trozo de cristal azulado y transparente, del tamaño de su dedo meñique.
- ¿Puedo hacerte una pregunta? – murmuró, sin apartar los ojos del colgante.
- Claro.
- ¿Dónde encontraste ese cristal?
Rind no respondió enseguida.
- No es nada…Vamos, ayúdame a servir la cena. – dijo, dándole la espalda.
Esa misma noche, cuando Aine estaba quedándose dormida, oyó que alguien se acercaba. Era Rind. Le hizo un gesto para que se levantara y la siguiera. Se dirigieron al exterior. El aire era fresco, y removía las hojas del bosque, situado enfrente de la casa. La luna iluminaba tenuemente el vestido de Rind, que estaba de espaldas a Aine, mirando el boscaje.
- El bosque oculta muchos secretos. – se volvió hacia ella. – Este cristal no es muy común, y tú sabes de dónde viene, ¿no es así?
Aine asintió.
- ¿Por qué no me dijiste nada? Tenías miedo de que no te creyera. Aine… Sin duda tardé un montón en darme cuenta. ¿Hasta dónde llegaste?
- Hasta un gran salón donde había varios sillones de madera.
Silencio. Rind se aproximó a Aine, y, cogiendo sus manos, le entregó su colgante.
- Era de mi madre. Solía pasar de madre a hija, pero yo no puedo dárselo a la mía, pues es imposible que tenga… Te lo entrego a ti. Ahora vete a dormir.
- Pero…
- Las explicaciones vendrán más tarde. A dormir.
No pudo pegar ojo en toda la noche. En su mente se mezclaban las imágenes: su hermano, la torre blanca, los ojos…

Aine estaba echada sobre un suelo de piedra, sola. Miró a su alrededor, aturdida. Sólo pudo deducir una cosa: no sabía dónde se encontraba. A un lado había unas escaleras de caracol, que subían y subían. Aine las siguió, hasta llegar a una puerta de madera. La empujó con suavidad, y esta se abrió sin hacer ruido. La sala a la que llegó tenía varias ventanas enormes, algunas estanterías llenas de pergaminos polvorientos y manuscritos. Varias lámparas de forja colgaban del techo. En el centro se encontraba una mesa, y había algo sobre ella, pero estaba cubierto por un paño rojo. Al aproximarse para ver qué se ocultaba bajo la tela, despertó.

miércoles, 21 de julio de 2010

El Último Pétalo

Dejo ahí parte de este relato para quien quiera leerlo. Como es de presuponer en mí, intenté que tuviera cierto aire del norte.

El último pétalo

Aine se había perdido. El bosque se extendía a su alrededor, interminable. Si al menos estuviese allí su hermano… con él lo había atravesado más de una vez, mientras jugaban sin preocupaciones las doradas tardes de otoño. Caminó esta vez sola, entre altos y ahora desnudos árboles, oscuros y silenciosos, con suave y fría nieve cayendo sobre su cabello carmesí. Reinaba allí una tranquilidad incómoda. Llegó a un pequeño claro, donde no había estado nunca. Allí había erguido lo que parecía un monumento megalítico. Al aproximarse distinguió unos grabados en la piedra. Los reconoció pronto: eran runas. Su hermano le había enseñado a no perder sus raíces. El mensaje que pudo leer era el modo de llegar a una aldea edificada dentro del bosque, y decía así: “Camina en línea recta hacia el Norte, no mires atrás. Al llegar a la puerta cierra los ojos y sigue el canto del mensajero de” La inscripción se interrumpía abruptamente. Aun así, Aine no tenía nada que perder, de modo que puso rumbo al norte. Tras unos minutos caminando sintió un gruñido tras ella. Y pasos. Se le pusieron los pelos de punta, venían a por ella, pero siguió marchando. El sonido de las pisadas se acercaba, y cada vez parecía haber más. Estuvo tentada a darse la vuelta, pero sabía que no debía hacerlo, así que se tapó los oídos e ignoró todo lo que no estuviese ante ella. En ningún momento vio ninguna puerta, aunque sí dos fresnos cuyas ramas se entrelazaban. Debía ser eso. Ya no se oía absolutamente nada. Cerró los ojos, y al momento la atmósfera vacía se llenó de cantos de pájaros: mirlos, lechuzas, águilas… Cada uno parecía llevarla a una dirección. Aquello no le servía de nada, lo que buscaba era un cuervo. Tal vez se había equivocado, después de todo. Con los ojos aún cerrados se sentó bajo uno de los fresnos, estaba cansada. Al poco tiempo lo oyó. El graznido rasgó el aire, rompiendo la armonía y callando los demás cantos. Aine, esperanzada, lo siguió. No había sido la pátina del tiempo lo que había borrado parte de la inscripción de la estela, simplemente era inexistente. Aquella ausencia representaba a Odín, cuyo mensajero era un cuervo. Así, Aine siguió el sonido del ave durante mucho tiempo, hasta que una ráfaga de viento frío azotó su cara y cesó. Abrió los ojos entonces, y comprobó que se encontraba sobre una loma, a las afueras de una villa. Por un momento quiso saltar de alegría, sus problemas estarían resueltos, aquella noche podría dormir en una cama y, tras preguntar a los vecinos, podría encontrar el camino correcto para volver a casa; pero la euforia fue efímera. Las casas de piedra gris tenían las puertas y ventanas tapiadas, y sólo unas cuantas conservaban su tejado entero. Una aldea fantasma. Ruinas y silencio. Descorazonada, Aine se dio la vuelta, dispuesta a marcharse por donde había venido, pero pudo percibir varios destellos en la oscura espesura. Ojos brillantes entre las sombras del bosque.
Anochecía ya, por lo que lo más prudente que pudo hacer fue buscar un refugio para pasar la noche.
Era de noche, y Aine estaba acurrucada en el portal de un caserón, helada y muerta de hambre. No había encontrado un lugar mejor. Había paseado durante un rato por la aldea y el único edificio que se conservaba en buenas condiciones era una alta torre, blanca, de tejado azul y sin puertas, con tan sólo un puñado de ventanas en los pisos superiores. Hacia el oeste se extendía un gran lago de aguas oscuras, calmadas, profundas. Y luego el bosque y sus criaturas entre las sombras… El viento, endiablado y gélido, soplaba y corría entre las calles vacías del pueblo abandonado, silbando y removiendo la nieve; y a Aine se le antojaban las ánimas en tormento de los que una vez habían sido los pobladores del lugar. No había Luna esa noche, pero siempre quedaba Saami, la enorme estrella blanca que guiaba al Norte. Y en aquel momento parecía poder competir en brillo con la poderosa (y ausente) Luna. Algo resplandeció de pronto en la calle, ante ella. Con curiosidad, ella se levantó y fue a coger una pequeña muestra. Se trataba de unos cristales, los más grandes no alcanzaban la altura de su dedo meñique, que parecían reflejar el brillo de la estrella-guía. Jamás había visto nada parecido, de un color entre azul y blanco, y extrañamente cálidos, muy agradables al tacto. Aine sonrió. Inexplicablemente se sentía mucho mejor. Al darse la vuelta comprobó que había muchos más, y que formaban una especie de sendero que conducía hacia el lago. Con curiosidad, lo siguió. Al llegar a la orilla, la imagen que quedó grabada en su retina parecía sacada de otro mundo: los cristales, mucho mayores, desprendiendo aquel brillo sobrenatural, formaban un puente que conducía hacia el centro del lago… donde se encontraba un palacio resplandeciente como Saami, que parecía estar hecho de cristal y plata. Aine, amante de las leyendas y quimeras, dio un paso a delante. Y el puente de luz se mantuvo. Instintivamente, se volvió hacia la torre y pudo distinguir durante un instante unos ojos verdeazulados en la más alta de las ventanas, fijos en ella, que luego desaparecieron. Continuó, ya no tenía frío, abrigada por aquel albor. Después de unos minutos, llegó a las puertas de la maravillosa edificación, que estaban abiertas y atravesó. Ante ella ahora se extendía un amplio corredor, repleto de espejos e impresionantes ornamentos hechos a base de cristal. Aine caminaba como si parte de su mente estuviese dormida, y una neblina de ensueño lo cubría todo. Tras atravesar un enorme arco de plata llegó a un gran salón, lleno de columnas de extrañas y caprichosas formas, tapices realizados con incomparable maestría y lámparas que combinaban delicado cristal y la tosca forja. Al fondo, sobre una escalinata se encontraban varios sillones, y cerca de ellos, varias figuras que a Aine se le tornaban borrosas y confusas. Se acercó más, y cuando llegó al pie de la escalera, el velo que lo cubría todo se desplomó, y lo último que vio fue un par de ojos de un color entre azul verdoso enfrente de ella. Luego todo fueron sombras.